martes 23 de julio de 2019
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De Magdalena a España

RUTH BRAVO SARMIENTO "JUGABA DESCALZA PORQUE NO NOS SOBRABA NADA "

Tiene 27 años. Es la subcapitana de la Selección Nacional de fútbol femenino e integra el plantel del CD Tacón, club de Madrid.


Por:
MWeb

Tiene 27 años. Es la subcapitana de la Selección Nacional de fútbol femenino e integra el plantel del CD Tacón, club de Madrid.

A esa mujer que sacaron del banco de suplentes para mandarla a precalentar, la ataban a un árbol para que no pisara la canchita del San Remo, un barrio militar en Salta, porque paseaba a los vecinitos.

Esa mujer que va y viene por el lateral de la cancha –el rodete bien alto, las medias bien bajas– estudió durante siete años tango y folclore porque decir que era bailarina le daba menos vergüenza que contar que lo suyo era el fútbol en el centro de la cancha, ahí donde en milésimas de segundo hay que levantar la cabeza y decidir el pase más limpio.

A esa mujer que ahora, a los 30 minutos del segundo tiempo, se persigna dos veces antes de pisar el césped, le gritaban con insistencia desde un alambrado: “Levantá la bandera o te violamos”. Fue el año pasado, cuando jugaba en Boca y en los días libres de partido era jueza de línea en una categoría de Primera en Chascomús.

Y a esa misma mujer, que se llama Ruth Bravo y tiene 27 años, la que acaba de asistir a una compañera pñara que marque el gol de su equipo, el madrileño CD Tacón, la veré en Instagram dos semanas después, con la copa en alto porque su club finalmente ganó el Grupo y peleará el ascenso a Primera.

Madrid, 9 de marzo. Es una tarde de primavera en pleno invierno, pero aquí, al fondo de una de las sucursales de los 100 Montaditos, está oscuro como una cueva. Ruth se divierte eligiendo “sanguchitos” que varían en sabores pero no en precio: todos salen un euro, es decir, 49 pesos. Antes nos dio a elegir a quienes compartíamos el almuerzo con ella: “¿Qué preferís, quedarte sin piernas o sin brazos?”. La respuesta de Ruth, subcapitana de la Selección Nacional de fútbol femenino, es obvia.

Se instaló en España hace pocos meses para integrarse al Tacón, después de rechazar otras cuatro propuestas, todas más cerca de su casa familiar en Magdalena, que ésta, en Europa. Aquí también le dicen “Chule”, sobrenombre puesto por su abuela. Hermana de cuatro, su padre –José, militar retirado, chofer de taxis– quería que fuera modelo. En cambio su madre, Lilí, ama de casa, la apoyó en todo momento: hubiese querido para sí una carrera como futbolista y en Boca.

¿Se aprende a jugar a la pelota?

Nah, se siente. Yo jugaba descalza en el campo porque en mi casa no sobraba nada y tenía un solo par de zapatillas. La canchita estaba enfrente de mi casa. Me paraba en la ventana y veía que se juntaban. Y me moría de ganas. Si arrancaban y no me habían llamado para jugar, agarraba un cuchillo de la cocina, cruzaba y les pinchaba la pelota. Si el fútbol es algo que se aprende, bueno, yo aprendí así.

¿Y qué pensás que te vieron a vos?

La garra. Soy pícara, ventajera. El fútbol es para los vivos, qué querés que te diga.

Por el trabajo del padre, la familia se mudó de Salta a Magdalena, a 106 kilómetros de Buenos Aires. La relación entre Ruth y el fútbol no cambió. Decidida a que el deporte más popular de la Argentina fuera su profesión, estudió en una escuela pública que supo acompañar su anhelo. Se entrenó en el Centro Recreativo Integral de Magdalena (CRIM) y en el AMFAB para los Torneos Juveniles Bonaerenses, en un equipo integrado por mujeres.

A los 15 años se probó en Estudiantes de La Plata, pero una jugadora le dio una patada que la asustó y no quiso regresar al club hasta el año siguiente, cuando volvió a presentarse y quedó. Unos meses después, la convocaron al Sub-18 y Sub-20 de la Selección Nacional. Para llegar al predio de AFA, en Ezeiza, donde se entrena el equipo, Ruth hacía este trayecto: un micro desde Magdalena que tardaba una hora en llegar a La Plata y otro desde La Plata que tardaba una hora en llegar a Capital; un tren de media hora hasta Núñez y un tercer micro de dos horas hasta el predio. Cuatro horas y media de viaje para una preparación física de noventa minutos. Y luego, la vuelta a casa.

En 2012, dos días antes de un partido importante con la albiceleste, una rotura de ligamentos en la rodilla izquierda la sacó del equipo y del resto de las canchas. Durante dos años no tocó una pelota.

¿Y qué hiciste?

Estaba enojadísima, tanto sacrificio para terminar rota. Primero borré mi perfil en Facebook: no quería saber nada de nadie. Y conseguí trabajo en una panadería. No sabés lo que engordé.

Unas amigas insistieron para que volviera a Estudiantes. Ruth se recuperó de la lesión y recuperó, también, el cuerpo a base de dieta y gimnasio. Cuando estuvo lista, regresó. En ese momento, ella y sus compañeras tenían como único compromiso con la institución haber firmado la lista de buena fe que, lejos de ser un contrato, implica que la deportista está a disposición del club y no puede jugar en otro. También pagaban la cuota social para costear los gastos del entrenamiento, como la ropa y el agua. Los botines corrían por su cuenta. Ruth y sus compañeras, y tantas futbolistas del país, pagaban –y todavía pagan– para poder jugar.

Un día de 2015, Marcela Lesich, hasta su fallecimiento el año pasado, DT del femenino en Boca, la vio en un partido contra Huracán en el que Ruth hizo un gol. La propuesta era un poco mejor que las condiciones que imponía Estudiantes: sin contrato, pero con obra social; ropa de entrenamiento, pero de temporadas anteriores y del equipo masculino; un par de botines por temporada. Se sumó al plantel porque, además, quién puede contra el club del que es hincha.

El año pasado llegó la propuesta del Tacón. Y Ruth, que ya tenía representante, decidió mudarse a Madrid con un contrato de diez meses, salario, vivienda y obra social. “No rinde igual una jugadora que puede dedicarse sólo al fútbol, que otra que se levanta a la cinco de la mañana para ir a trabajar, entrena sin comer y se sube al micro para volver a la casa merendando lo que puede –dice Ruth en la sobremesa de los 100 Montaditos–. Es algo que en la Argentina tiene que cambiar. ¿Por qué creés que Europa se interesa por las argentinas? Por que tenemos buen nivel, somos aguerridas, disciplinadas. Acá nos traen ‘hechas’.”

FUENTE: CLARIN

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